domingo, 28 de agosto de 2016

Vagancia (cuento)

Hace ya unos cuantos años, a fines de la década de 1960, me encontré de casualidad en Buenos Aires con el Doctor Iriarte, que en realidad para mí era -y es- simplemente Aníbal, mi gran amigo de la infancia en Ayacucho, ese hermoso pueblo de la Provincia de Buenos Aires en el que ambos nos habíamos criado.

Nos veíamos poco pues él seguía viviendo en nuestra ciudad ejerciendo la medicina, y a mí la vida me había llevado a radicarme en la Capital Federal. Como era usual en nuestros esporádicos encuentros, hablamos bastante sobre qué había sido de la vida de nuestros amigos comunes del pueblo, y de otras novedades del mismo.

Así fue que me dijo: ¿te acordás de Miguel Didío, al que le llamaban ‘Vagancia’, y que vivía al lado de la comisaría del pueblo, enfrente de la casa de nuestro amigo ‘Fedo’ Vago? Le respondí que, efectivamente, me acordaba de él pues habíamos cursado juntos muchos años del primario en la Escuela Número 1. Le dije que, además de conocerlo, sabía perfectamente que su apodo le calzaba bien en base a lo que me acordaba del desempeño de Miguel en la escuela. El estudio no era su fuerte.

Me contó que el aparente poco tiempo y esfuerzo que Miguel había dedicado al estudio lo había volcado de manera superlativa hacia el fútbol. Él, prácticamente, había nacido en el Club Sarmiento de Ayacucho. Sus tíos, José y Vicente, habían sido miembros del grupo de entusiastas y humildes muchachos que en 1922 habían fundado el Sport Club, que es como Sarmiento se llamó inicialmente.

Su papá Pedro Didío, al que le decían ‘Perico’, menor que ellos, se sumó desde chico al club. Yo lo recordaba a Miguel jugando con los pibes de Sarmiento. Fue Pedro, su papá, quien le inculcó el gusto por el fútbol y le enseñó las nociones más básicas de cómo jugar. Pero también le había inculcado los valores fundamentales que entendía, requería la práctica del fútbol y la vida misma. El amor y la fidelidad a los colores de su club, Sarmiento de Ayacucho, el respeto por sus compañeros y, lo que era más importante, por los circunstanciales rivales y por quienes dirigían los partidos. ‘Perico’ le había enseñado que era bueno y necesario ganar, pero que había que hacerlo jugando al fútbol, con buenas artes y no de cualquier manera.

Esos valores los había traído de su Italia natal 'Domingo', el papá de Pedro y abuelo de Miguel, que era de esos tanos de fierro que con su esfuerzo y honradez construyeron la Argentina. Hombres que en muchos casos vinieron muy jóvenes y solos a estas tierras y que a pesar de ser muy pobres no cambiaban sus creencias y valores por nada del mundo, porque fueron esos valores de trabajo honrado y de familia, los que les habían sido inculcados por sus mayores y los que los sostuvieron en aquellos años duros en que dejaron lejos a su tierra, y a sus seres queridos, para venir a construir sus vidas en esta nueva patria. Es así que ‘Perico’ los heredó de su viejo, el ‘tano Domingo’ y se los transmitió, sin anestesia ni concesiones, a su hijo Miguel.

'Perico' Didío, padre de Miguel

Por lo que me contó Aníbal, había descollado en el Club Sarmiento hasta llegar a la Primera División del mismo en la posición de volante central, el clásico número cinco de aquellos años, y que había sido parte fundamental de la formación del Club Sarmiento que ganó consecutivamente dieciséis Campeonatos de Primera División de la Liga Ayacuchense de Fútbol. Además, me contó que esas grandes performances en su club hicieron que fuera incorporado a la Selección de Fútbol de Ayacucho a edad temprana. Tan buena había sido su evolución, que los entendidos del fútbol local decían que debería figurar en el Seleccionado de Ayacucho de todos los tiempos.

‘Vagancia’ tenía grandes condiciones pero le faltaba pulirlas para dar el salto de calidad que su fútbol pedía a gritos. Y fue el ‘Maestro’ Miguel Ángel Dodero, aquel gran jugador integrante del plantel de Racing tri-campeón argentino 1949-1950-1951 quien con su sapiencia lo ilustró, cuando fue a Ayacucho años después a dirigir la Selección local, sobre las cosas que debería hacer para convertirse en un jugador de elite. Le enseñó cómo pararse en la cancha, como correr inteligentemente agregando valor a su juego y a su aporte al equipo, lo instruyó sobre el valor de la concentración en el juego, sobre como pegarle a la pelota en tiros libres y penales, y la importancia del entrenamiento permanente, la vida sana y la alimentación adecuada.

Al cabo de unos pocos años su gran nivel futbolístico se había chocado con el techo que le ponía a su talento la limitada liga local de fútbol. Muchas veces se había comentado que varios clubes importantes de la Provincia de Buenos Aires lo habían tentado a emigrar ofreciéndole posibilidades económicas y futbolísticas, que no podría tener en su ciudad. Pero Miguel siguió siendo fiel a su querido Sarmiento, y a sus colores rojo y negro, y prefirió seguir jugando con sus compañeros de siempre en su club, tal como le había enseñado su querido padre.

Pero un día ‘Perico’ partió de esta vida y como dice el tango “pasó a ser recuerdo”. Yo no estaría todos los domingos en la cancha de La Liga viendo jugar a su hijo. La calidad del fútbol de Miguel siguió creciendo y su fama llegó a otras asociaciones de fútbol importantes de la provincia hasta que un día de 1966 un contrato muy tentador lo llevó a jugar al equipo más importante de la ciudad de Pergamino. El Douglas Haig. Nadie en Sarmiento ni en el pueblo le había reprochado el pase. Ya había hecho mucho por su club y por la Selección de Ayacucho y era lógico que en el pico de su carrera fuera a ganar fama y unos buenos pesos a otras ligas más poderosas.

En Sarmiento soñaban con verlo llegar a alguno de las grandes instituciones de la Primera División del país. Pensaban que clase le sobraba. Sus compañeros de equipo estaban convencidos de su talento y de las posibilidades que tenía Miguel de triunfar lejos del pueblo y del club que lo vio nacer y crecer. Su triunfo sería el de todos los muchachos del club y también el del fútbol de Ayacucho.

Ya no estaba su querido viejo para recordarle que debía ser fiel a su club hasta el día final. Que eso era lo importante, y que el dinero no vale nada si uno traiciona sus colores y sus valores. Miguel conocía de memoria las enseñanzas de su padre, pero pensó en ese momento que él era un hombre y debía ahora elegir el camino a seguir. Se ve que especulaba que sus tiempos no eran los de su padre, y que el crecer hacia ligas mayores no significaba una traición a los principios que el viejo le había inculcado. Él seguiría siendo fiel a ellos, pero en otro equipo. 

Por otra parte, resonaban en su mente las enseñanzas del ‘Maestro’ Dodero incitándolo a ser un verdadero profesional y a crecer cada día más en su fútbol. Aliviaba su dolor, y sensación de estar traicionando a su ‘viejo’, el hecho que Douglas Haig tuviera los mismos colores que su querido Sarmiento. Las camisetas eran idénticas: rojas y negras a rayas verticales.

Así fue que Miguel pasó a formar parte del plantel superior del gran equipo de Pergamino, pero había logrado introducir una cláusula en su contrato que indicaba que deberían permitirle regresar a jugar a Ayacucho cada vez que la Selección de la ciudad lo reclamara. Al igual que en su Sarmiento y en la Selección de Ayacucho ‘Vagancia’ descolló por su calidad futbolística, su pinta de crack y su hombría de bien.

Aníbal me contó que quiso el destino que pasaran unos pocos años y que el Club Atlético Sarmiento de Ayacucho, en una actuación inédita para un equipo de la liga local, llegara a disputar la final del Torneo Provincial de Fútbol de ese año, 1969, campeonato que reunía a los equipos campeones de todas las ciudades de la Provincia de Buenos Aires. Había derrotado en la semifinal a Santamarina de Tandil en un agónico y milagroso 2 a 1 de visitante en una actuación para el recuerdo.

Si había un equipo de Ayacucho que podría haber llegado tan lejos era precisamente ese de Sarmiento, múltiple campeón de la Liga local. Pero que los rojinegros estuvieran en esa final no sorprendía tanto, ya que el fútbol de Ayacucho estaba pasando por el que tal vez haya sido su período de mayor esplendor. El año anterior la Selección local había llegado a la puerta de la final del torneo provincial correspondiente al entonces llamado “Campeonato Argentino”, y Miguel había sido parte de esa Selección.

Nunca un cuadro de fútbol de mi pueblo había pasado de los cuartos de final del Torneo Provincial de Clubes Campeones. El hecho de estar entre los ocho mejores de la Provincia era de por sí una hazaña casi imposible de plasmar. Era lógico. Ese territorio estaba monopolizado por los grandes clubes de las ciudades más importantes de la Provincia. Allí brillaban los equipos de Bahía Blanca, de Tandil, de Mar del Plata, de Olavarría, de Pergamino, de Junín, de Tres Arroyos, etc., pero nunca uno de las ciudades más pequeñas como Ayacucho. Sus equipos más importantes eran rentados, o por lo menos sus mejores jugadores lo eran. 

Para un club de Ayacucho el ganarle algún partido a esos grandes era posible, de hecho alguna vez lo habían logrado, pero era visto por propios y extraños como una verdadera proeza. Pero soñar en disputar las primeras posiciones en el torneo provincial era casi impensable.

La final del campeonato se iba a jugar en un par de semanas, más precisamente el 25 de Octubre de 1969, y ante el asombro de todos allí estaría Sarmiento de Ayacucho representando a todas las ciudades ‘chicas’ de la provincia. Pero llegaba a esa instancia final sin uno de sus cracks históricos, ‘Vagancia’ Miguel Didío, pero contaba con otros jugadores de fuste como ‘Pocho’ Guisande, el ‘Zurdo’ Mingone, el gran arquero ‘Torta’ González”, ‘Carita’ Gourriet y otros jugadores consagrados, que junto a ‘Vagancia’ habían construido la leyenda histórica de Sarmiento de Ayacucho.

Eduardo 'Torta' González, Miguel 'Vagancia' Didío y Néstor 'Pocho' Eloiza

Por desgracia, el otro finalista era Douglas Haig de Pergamino el poderoso equipo en el que descollaba Miguel en ese momento. La industria textil estaba en su apogeo en la ciudad de Pergamino y los empresarios del rubro ponían dinero fuerte para tratar de llevar a su querido club a las divisiones más importantes del fútbol de nuestro país. No les faltaba ni plata ni ganas. Venía de ganar cómodo su semifinal contra Olimpo de Bahía Blanca por dos a cero. Para los pergaminenses la final lucía fácil contra el que creían era, y con razón, un ‘equipo menor’, de una ciudad mucho más pequeña y con todos sus jugadores amateurs.

La final se jugaría en el viejo Estadio San Martín de Mar del Plata. Atrapado por estas circunstancias excepcionales que me había contado mi amigo decidí viajar a la “ciudad feliz” para presenciar el encuentro y ver nuevamente en acción a mi antiguo compañero de la escuela y verificar si, como me había dicho Aníbal, Miguel se había convertido en un gran jugador de clase nacional.

Obviamente mis simpatías estaban con Sarmiento, el campeón de Ayacucho, equipo que tenía la posibilidad de lograr una hazaña que había estado fuera del alcance de los demás campeones de mi ciudad que habían participado en este torneo.

Por otra parte, la presencia de ‘Vagancia’ en el once contrario hacía que algo en mi quisiera que mi ex compañero de escuela descosiera la pelota con su calidad para que todos lo vieran. Al fin de cuentas él era una perla surgida del gran fútbol ayacuchense.

El estadio estaba absolutamente completo. Debería haber una multitud de unas veinte mil personas. Se veían camisetas rojas y negras a rayas por todos lados. Pero las dos terceras partes hinchaban por el cuadro de Pergamino. El equipo ‘grande’, es decir Douglas Haig, había tenido el privilegio de conservar en el sorteo su camiseta original de bastones rojos y negros verticales. Sarmiento de Ayacucho había optado por una alternativa totalmente blanca, con vivos rojos y negros. Ese era otro dato que nos indicaba, o nosotros queríamos creer que nos indicaba, que los Dioses del Olimpo, o tal vez, Dioses más terrenales, como las autoridades de la Federación de Clubes de la Provincia de Buenos Aires, se inclinaban abiertamente hacia el equipo pergaminense.

Quisiera decir que el partido fue parejo, pero en realidad en la cancha se notaba demasiado la diferencia de calidad entre un equipo profesional, Douglas Haig, y uno amateur Sarmiento de Ayacucho. El juego atildado de los de Pergamino dirigidos dentro del rectángulo por ‘Vagancia’ no podía ser controlado adecuadamente por el medio campo y la defensa de los de Ayacucho al punto tal que la figura de Sarmiento era sin lugar a dudas su arquero, el ‘Torta’ González, quien en una tarde inolvidable sacó varias pelotas que normalmente hubiera tenido que ir a buscarlas al fondo de su arco.

No es que Sarmiento jugó todo el partido colgado del travesaño, pero su planteo táctico conservador inicial (5-4-1), por momentos pasó a ser 5-5, y que por largos minutos llegó a ser 10-0, le había dado resultado hasta los 30 minutos del segundo tiempo, momento en que la desesperación llevó a los muchachos de Douglas Haig a ir con todos sus hombres a buscar el triunfo “como fuera”. Se olvidaron de su habitual “jogo bonito” y ante la maraña de piernas que les presentaba Sarmiento, optaron por hacer llover centros sobre el área rival, la mayoría de los cuales eran despejados por la heroica defensa de Sarmiento, y los que no, pegaban en alguno de los palos o los sacaba el ‘Torta’ González en voladas increíbles.

La performance de Miguel no había sido demasiado destacada, pero igual se veía que Douglas Haig dependía mucho de su calidad futbolística para armar el juego y ordenar a su equipo.

Llegando al minuto 30 del segundo tiempo con el resultado 0 a 0, y en medio de ese dominio total del Douglas, la defensa de Sarmiento rechazó una pelota larga, la que fue tomada por ‘Pocho’ Guisande, su wing derecho, cuando cruzaba la mitad de la cancha. ‘Pocho’ picó raudamente hacia el arco rival. Se produjo un silencio total entre los hinchas de Pergamino y una esperanza incrédula entre los de Ayacucho. Nos parecía estar viendo a Alcides Ghiggia, el gran wing del seleccionado uruguayo corriendo en el Maracaná hacia el arco rival para convertir el gol del triunfo uruguayo ante Brasil con el que los ‘celestes’ conquistaron la Copa del Mundo de 1950. Y al igual que en aquel histórico partido vimos como ‘Pocho’ Guisande entrando al área convertía el gol de Sarmiento con un tiro cruzado al segundo palo. Veíamos la pelota dentro del arco, pero no lo podíamos creer. Sarmiento estaba a quince minutos de la gloria.

Ni que hablar que el domino de Douglas Haig fue absoluto en esos últimos minutos del partido. Evoco que pegaron dos tiros en los palos y uno en el travesaño, y que la defensa sacó dos pelotas sobre la línea. Fue así que se llegó al minuto cuarenta y cinco del segundo tiempo, y en el enésimo centro tirado por los muchachos de Pergamino sobre el área de Sarmiento vimos que el referí cobraba penal a favor de Douglas Haig. No lo podíamos creer. No sabíamos que había cobrado.

Aparentemente, según las señas que hacía el referí, la pelota había rozado el brazo de un defensor de Sarmiento y él, en un fallo absolutamente absurdo pues nadie en las tribunas había visto esa infracción, entendió que la mano había sido intencional. Había sensación de “partido afanado” en las tribunas. Parecía que los directivos de la Federación de Clubes de la Provincia habían determinado que una institución de una ciudad chica “no podía salir campeón provincial”. La prueba estaba ante los ojos de quienes la quisieran ver.

Los que hinchábamos por Sarmiento presentíamos que si metían el penal sería el final del sueño. Habría alargue, y dado el agotamiento total que mostraban nuestros muchachos era imposible que prevalecieran en los 30 minutos adicionales.


El Director Técnico del equipo de Pergamino seguramente había ordenado que en caso de tener un penal a favor lo pateara Miguel dado que, tal como me había contado Aníbal, “era un reloj tirando penales”. Los metía a todos. Todo lo que pateaba iba dentro del arco, y a pocos centímetros de los palos. En sus años en Douglas Haig solo había errado un tiro desde los once pasos de los muchos que pateó, y fue un día que jugó con cuarenta grados de fiebre.

Desde la tribuna vi claramente al DT de Pergamino gritarle a Miguel con autoridad: “sí, lo patea usted Miguel”. Y ante la cara medio incrédula y medio pidiendo clemencia de ‘Vagancia’ repitió a los gritos para que no quedaran dudas, “¡lo patea usted Miguel!”.

Visto a la distancia, y en trance de filosofar, llegué a pensar que como todos los seres humanos tenemos un momento culminante en nuestras vidas que determina, para bien o para mal, el camino que tomaremos, ese instante debió haber sido el de la vida de ‘Vagancia’. Solo frente a la pelota, con veinte mil almas mirándolo, y con el arquero del equipo de sus amores, el ‘Torta’ González enfrente deseoso de entrar en la gloria. Sabía que estaban en el estadio ‘observadores’ de clubes de primera división dispuestos a llevar a sus instituciones a aquellos jugadores que se destacaran en esta final bonaerense. También estaba en juego su futuro de futbolista.

Seguramente cuando estaba frente a la pelota repensó todo aquello que hacía de él tan buen pateador de penales. “Nunca tomar una carrera demasiado corta, ni tampoco demasiada larga”. “No tirar la pelota suavemente ‘a colocar’”. “No tomar al esférico demasiado abajo, pues se lo tira por sobre el travesaño”. “Siempre patear fuerte, preferiblemente cruzado y junto al palo”. “Anticipar el movimiento del arquero e ir al palo contrario”. “Uno de cada cuatro o cinco penales patearlo al medio y a media altura”. “Solo ‘picarla’ excepcionalmente y nunca hacerlo en un partido importante”.

También le deben haber venido a la mente las palabras que, intuyo, su DT le debe haber dicho en el vestuario antes del partido: “si hay un penal, lo patea usted, Miguel”. En los momentos importantes el DT seguramente no lo llamaba ‘Vagancia’, sino por su nombre; Miguel. Seguramente en esos instantes trascendentales lo trataba de “usted”. Le debe haber dicho algo así como; “Sé que esto para usted es difícil Miguel, pero usted es un profesional y no tengo dudas que a pesar de saber contra quien estamos jugando esta final, usted cumplirá con su deber de profesional”

Él, seguramente, no deseaba ser quien pateara el penal pero no tenía dudas que iba a ser así. El DT tenía razón. Su ‘Maestro’, Miguel Ángel Dodero, seguramente hubiera suscripto las palabras de su DT. Él ya era un verdadero profesional e iba a cumplir con la determinación del Técnico. Por supuesto, no iba a festejar el gol y seguramente se iba a dirigir a la tribuna de hinchas de Sarmiento pidiendo perdón y comprensión.

Ciertamente debería saber, o tal vez intuir, que ahí, en ese preciso momento se definiría quien era y quien iba a ser él de ahí en más. Se debe haber visto frente a la pelota. A once pasos del arco y de su destino. Lo vi tranquilo, pero observé que estaba demasiado cerca del punto penal. No obstante eso caminó hacia el balón y violando otro de sus principios se vio que abría su pie derecho y suavemente impulsaba la pelota con el empeine hacia el palo izquierdo del ‘Torta’ González quien anticipando su clásico tiro fuerte y cruzado se había movido hacia el otro palo. Quedó descolocado y se vio que era tarde para que intentara revertir su movimiento e ir hacia el palo al cual se dirigía mansamente la pelota. 

Hubo un instante de silencio absoluto en el estadio. Todos vimos al esférico dirigirse dócilmente, como en cámara lenta, hacia el arco y pasar a un metro del poste izquierdo. ‘Vagancia’ había errado el penal. La confusión fue total.

El DT de Douglas Haig se agarraba la cabeza, la hinchada de Pergamino insultaba en todos los idiomas a Miguel y lo tildaban de traidor. Los observadores de los clubes de Primera División de Buenos Aires abandonaban presurosamente sus plateas. Los hinchas de Ayacucho no podían creer que ‘su’ Sarmiento fuera el nuevo Campeón Provincial de Clubes de Buenos Aires. En esa confusión alcancé a ver a Miguel, solo, arrodillado en el punto del penal, con el rostro serio pero sereno, elevando sus ojos al cielo y diciendo algo que a la distancia me pareció que era un… “gracias viejo”.

Rememorando la escena con el paso de los años creo que ‘Vagancia’ seguramente supo ni bien vio que la pelota iba afuera que no era él quien erró el penal, sino que habían sido los principios que su viejo le había inculcado desde niño los que se apropiaron de su alma e hicieron que desviara el tiro. Con la ayuda de su padre ‘Perico’, nos había dicho en silencio, con su penal errado, quien era y quien quería seguir siendo por el resto de sus días.

Miguel 'Vagancia' Didío

Esa tarde en Mar del Plata ‘Vagancia’ no festejó, pero su corazón debe haber dado la vuelta olímpica abrazado a sus compañeros de toda la vida de Sarmiento de Ayacucho, en su día más glorioso.

Carlos Connolly
Don Torcuato, Bs. As.
Marzo de 2016