Mostrando entradas con la etiqueta Club Atlético Independiente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Club Atlético Independiente. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de julio de 2020

Yo lo vi adentro (cuento)


A principios de la década de 1950 y en un día soleado estaba en la vieja cancha de la Liga con uno de mis amigos viendo un partido del torneo local y le cuento una anécdota que alguien me había relatado que había sucedido en esa cancha unos años atrás.

La historia contaba que se estaba jugando la final del torneo local entre dos grandes clubes del pueblo. Creo que eran Independiente y Defensores.

El relato detallaba que el partido estaba muy parejo y que ninguno de los equipos había logrado ponerse en ventaja. Estaba claro que el que lograra hacer un gol iba a ganar el partido. Y el que ganara el partido iba a ser el campeón de la Liga local de ese año.

Presenciando el encuentro estaba el Comisario del pueblo, quien era fanático hincha de uno de los dos equipos que pugnaban por el triunfo.

Faltando muy poco para que terminara el match se produce cerca del área rival una infracción a favor del equipo del que era simpatizante el Comisario. La falta había sido cometida un par de metros fuera del área. 

De repente y para sorpresa de todos se lo vio entrar al terreno de juego al Comisario, vestido con su uniforme y seguido por un agente, y dirigirse a paso vivo hacia el lugar donde se había cometido la infracción. Cuando llegó al sitio del foul se agachó, tomó la pelota, la puso bajo el brazo y dijo; yo vi el foul dentro de área, y decretó penal. 

El referí, atemorizado por la presencia decidida de la autoridad y temiendo ser detenido en caso que lo contradijera, no dijo nada y colocó la pelota en el punto del penal. Hizo ejecutar la pena máxima la que se convirtió en gol y le dio el triunfo al equipo de los amores del Comisario.

Un señor que estaba al lado nuestro junto al alambrado de la cancha de la Liga escuchaba callado mi relato sobre este increíble acontecimiento, de golpe se dirigió a nosotros y dijo: “es verdad lo que contás pibe. Yo estuve ese día en la cancha y sucedió tal como vos lo contás”.

Increíble, pero cierto.

(cuento basado en un hecho real, tomado del muy buen libro de historias ayacuchenses de Carlos Connolly, "Historias de una infancia feliz: un puente en el tiempo", Ed. Deano.com, página 265. Agradezco al autor la autorización para poder publicarlo en esta página)

miércoles, 5 de julio de 2017

Merecido reconocimiento rojo

Con motivo de inaugurarse la escuelita de fútbol del Club Atlético Independiente a la que con toda justicia, le pusieron el nombre de los hermanos Pérez Ervitti, esta columna cree que se efectuó un merecido reconocimiento ya que los cuatros hermanos jalonaron una rica y extensa trayectoria deportiva y se brindaron con todo por defender la casaca roja al igual que el ‘Gringo’ Antonio Simonetti, al que también se le brindará un reconocimiento.

Es por ello que trataremos de narrar una síntesis de las carreras deportivas de los hermanos Néstor, Raúl, Armando y Alfredo como así también de Don Antonio tanto como jugador, como también por encontrarse entre sus fundadores.

Integraron juntos en varias oportunidades la delantera ‘roja’: Néstor (Pocho) era el wing derecho o Nº 7; Raúl (Chichín) entreala o insider derecho Nº 8 y también polifuncional, Alfredo (Oreja) era insider izquierdo o Nº 10 y Armando (Tarulo) era el wing izquierdo o Nº 11. En el medio del ataque como centroforward alternaban el ‘Gringo’ Buccino, ‘Chancho amargo’ Ponce o eI Dr. Jorge Bazterrechea bien apuntalados desde atrás y mandando en el medio como Nº 5 o en la zaga como Nº 2 el ‘Gringo’ Antonio.

Néstor ‘Pocho’ Pérez: nació el 31 de Octubre de 1915, jugó el primer Campeonato de nuestra naciente Liga en 1932 con 17 años en Independiente donde cumplió la mayoría de su campaña, salvo esporádicos pasos por Jorge Newbery de Tandil en 1954 y sus últimos años en los comienzos de la década del 60 en Ferroviario.
Cherro y Fortunato, que jugaban en la 1ª División de Boca Juniors, y visitaban Ayacucho, lo llevaron al Club de la Ribera donde jugó en 1934 y 1935 integrando la 4ª Especial, la 3ª y la 2ª. Integró la Selección local desde 1933 cuando debutó hasta 1960 formando en aquel famoso equipo de 1941 cuando finalizó 3º en la provincia.


Raúl ‘Chichín’ Pérez: nació el 4 de Abril de 1914, el mayor de los hermanos, comenzó en la 2ª División del Club Atlético Ayacucho pasando a Independiente en 1931 donde jugó hasta fines de la década del 50 cuando dejó por una lesión, también jugó en Quilmes de Mar del Plata y en la 2ª División de Independiente de Avellaneda, lo que llamarían ahora un polifuncional, jugaba en cualquier puesto y muy bien. “El mejor de todos nosotros” según la opinión de sus hermanos.

Club Atlético Independiente (1937)
Parados (izq. a der.): 'Pocho' Pérez, 'Fantasma' Buccino, 'Achalay' Pérez, Ricardo Larocca, 'Vasco' Alcorta, 'Pariche' Rodríguez, Jorge Bazterrechea y Logroño
Parados (izq. a der.): Russo, Aramis Eugui, Héctor 'Chancho amargo' Ponce, Raúl 'Chichín' Pérez y Armando 'Tarulo' Pérez

Alfredo ‘Oreja’ Pérez: Nació el 14 de Junio de 1919, comenzó en la 3ª División de Defensores con 13 años, luego pasó a Independiente y con 15 años debutó en 1º contra Sport Club (hoy Club Atlético Sarmiento) ganando 4 a 0 y marcando los 4 goles a Miguel Saavedra.
En 1940 jugó en Chacarita de Azul donde estaba haciendo la conscripción, en 1941 en Defensores, en 1942 en Barracas Central de Azul, en 1943 y 1944 en Ferroviario integrando el equipo que consiguió el segundo título oficial para la institución. Desde 1945 a 1953 en Independiente, en 1954 lo hizo en Jorge Newbery de Maipú y desde 1955 a 1960 nuevamente en Independiente que fue el último año en que actuó como jugador y DT.
Jugó en la selección desde 1938 hasta 1959 también integrando el recordado “Combinado de 1941” que, repetimos, salió 3º en Bahía Blanca.

 Alfredo 'Oreja' Pérez, abajo con la pelota, integrando la selección ayacuchense de 1955

Armando ‘Tarulo’ Pérez: nació el 9 de Agosto de 1917, siempre en Independiente donde comenzó en 1935 hasta que dejó en 1960 con solamente un año intermedio que actuó en Juventud Unida de Rauch donde fue trasladado por razones de trabajo (era auxiliar del Banco Nación) jugador fino hacía siempre la jugada del wing que nadie realiza, gambeteaba por la raya llegaba al fondo y tiraba el centro atrás, poniéndola prácticamente en la cabeza de los compañeros que llegaban.
Según la opinión de sus hermanos “el más exquisito de todos”. También integró el “Combinado del 41”. No llegaron a jugar juntos en la Selección, si lo hicieron en Independiente cuando le ganaron 7 a 1 al Combinado de Balcarce y también a Defensores 8 a 4.

 Delantera de la Selección ayacuchense a comienzos de la década del '40
'Pocho' y 'Chichín' Pérez, 'Gringo' Buccino, Otto Carloni y 'Tarulo' Pérez

Antonio ‘Gringo’ Simonetti: nació el 20 de Abril de 1907, en su juventud junto a un grupo de amigos formaron un equipo de fútbol que llamaron “El Perejil” que era el nombre del barrio, que tenía su epicentro en la esquina de San Martín y Güemes y desde allí se extendía abarcando un gran radio del sector norte de nuestra ciudad.
La noche del 27 de Abril de 1927 se reunieron en la cocina de su casa en San Martín al 800 (donde años después estaba la casa y consultorio del recordado Dr. Juan Larocca) y esa noche con los Hnos. Larocca, los Hnos. Figluelo, los Hnos. Simonetti, los Hnos. Biasco, los Hnos. Viera, Juancito Banfi y algunos más fundaron el Club Atlético Independiente.
Integró sus primeros planteles hasta 1937 año en que fue trasladado de Ayacucho en su condición de empleado ferroviario.

Antonio 'Gringo' Simonetti

Esta es la breve síntesis de cada uno de los hermanos Pérez Ervitti y Antonio Simonetti en sus trayectorias deportivas, muy poco, por lo mucho que ellos dieron por los colores ‘rojos’.

(artículo de José Alberto Pintos, publicado en la columna ¡Qué tiempos aquellos!, del diario “La Verdad” a finales de la década del '90)

martes, 20 de diciembre de 2016

Aquellos Quinquenios de Independiente (1939/1943 y 1955/1959)

A la hora de recordar los grandes equipos que dio el fútrbol ayacuchense, es imposible omitir a aquel Independiente dominador de nuestros torneos a comienzos de la década del '40 y de mediados a fines de la década del '50.

La era 'profesional' de nuestro fútbol había comenzado en 1932 y tres años más tarde Independiente conseguía el primer campeonato de su historia con aquel equipo que formaba con  Larocca en el arco; Antonio Simonetti y Sau; Loholaberry, ‘Pariche’ Rodríguez y ‘Puñalada’ Russo y en la línea de atacantes ‘Pico’ Coria, Néstor ‘Pocho’ Pérez, ‘Chichín’ Pérez, ‘Chancho Amargo’ Ponce y Obdulio Russo.

Al campeón de 1935 le sucedería el campeón de 1937 y a partir de ahí el primer Quinquenio de su rico historial obtenido en los años 1939, 1940, 1941, 1942 y 1943 de la mano esos jugadores de excepción que fueron los hermanos Pérez.

Es precisamente 'Pocho' Pérez quien le explicaba esa "tradición familiar" ligada al fútbol al recordado José Pintos, quien lo entrevistaba en 1995 para el Semanario "Calle/7": "Nosotros somos nueve hermanos. Los cuatro varones jugamos todos en Independiente, a tal punto que llegamos a formar la delantera: con el N° 7 iba yo, de N° 8 lo hacía Raúl (‘Chichín’), con la N° 10 jugaba Alfredo (el conocido Profesor, apodado "Oreja") y con la N° 11 lo hacía Armando (a quien se lo identificaba como ‘Tarulo’). Entonces te diría que se trata de una familia de deportistas y eso tiene que ver porque desde chico te gustan las cosas que hacés. En ese equipo que te decía jugaban además, el medio, de Nº 9 el ‘Gringo’ Buchino, también "Chancho Amargo" Ponce o el Dr. Jorge Bazterrechea".

¿Cuál fue el mejor equipo de Independiente que integraste?

Aquel de 1940-1941. Era un equipazo. Al arco Paulito Cardozo; atrás el ‘Vasco’ Alcorta y el ‘Negro’ Burgos; al medio el ‘Loro’ Selva, ‘Pariche’ Rodríguez y ‘Cherro’ Cestona; y adelante estábamos ‘Tito’ Gallardo, yo, el ‘Gringo’ Buchino, y mis hermanos ‘Chichín’ y ‘Tarulo’. ¡Qué cuadrazo...!
 

Club Atlético Independiente 1941


Detrás de estos grandes equipos vinieron los que lograron las conquistas de 1946, 1948 y 1952, hasta llegar a 1955 en donde apoyado en un definidor increíble como Néstor Ceresini, la calidad de 'Cartucho' Labala marcando punta, la seguridad del 'Paisano' Gadea en el arco y la vigencia de 'Oreja' Pérez, 'Pelusa' Cestona y 'Chichín' Simonetti convertidos en puntales de un sólido equipo que por cinco años consecutivos dominó el fútbol ayacuchense.


Una necesaria evocación a estos grandes equipos del Club Atlético Independiente y, paradójicamente, cuando el destino parecía escribir otro futuro, este título de 1959 (el 15º de su palmarés) sería el último de la cosecha del 'rojo' ayacuchense. 

Anécdotas de nuestra historia futbolera...

martes, 1 de septiembre de 2015

Se llamaba Julio, pero le decían 'Pocho' (cuento)



En aquellos lejanos años de mi infancia en Ayacucho, en los pueblos y ciudades del interior la cosa del fútbol era muy linda, pues los pibes éramos hinchas de diferentes clubes de la capital además de inclinarnos por alguna de las varias entidades del fútbol local. 

Básicamente nuestras preferencias se dividían entre los “cinco grandes”, Boca, River, Racing, Independiente y San Lorenzo, pero también teníamos amigos que simpatizaban con Vélez, Huracán, Platense y otros equipos capitalinos. Y no existían los fanatismos irracionales que predominan en el fútbol de hoy. 

Había mucha rivalidad, pero era amistosa. Ahora la cosa se concentra mucho más entre Boca y River lo que, según mi parecer, le quita brillo e interés a las discusiones de los amantes del fútbol, empequeñece la confrontación e incrementa los odios gratuitos.

Los que éramos de Racing en Ayacucho nos conocíamos todos, independientemente de la edad y el nivel de educación que tuviéramos o la clase social a que perteneciéramos. Todos sufríamos por igual con nuestras derrotas y nos alegrábamos con nuestros triunfos. Era como si perteneciéramos a una logia secreta. 

En realidad, no tan secreta pues, como dije, nos conocíamos todos. Los colores blanco y celeste de nuestro equipo nos hermanaban. Entre los hinchas académicos de mi pueblo al que más recuerdo es a ‘Pocho’. Su nombre era Julio, pero todos lo llamaban ‘Pocho’.  Era un muchacho unos cuatro años mayor que yo. Vivía a la vuelta de mi casa y era el arquetipo del hincha de Racing. La ‘Academia’ ocupaba un lugar muy importante en su vida. 

Por ser mayor hablaba poco con los pibes de mi edad. Pero cuando se cruzaba conmigo siempre había un comentario referido a la ‘Academia’, ya que él sabía que ambos teníamos el mismo amor por los colores albiceleste.

Pocho jugaba muy bien al fútbol. Su puesto era el de centro half. Se movía como un ‘5’ clásico, de esos que dominaban el juego de su equipo desde la mitad de la cancha distribuyendo la pelota sabiamente entre sus compañeros. Decía que su modelo de jugador era ‘Palito’ Balay, un gran mediocampista que tenía Racing por aquellos años, de la escuela de los grandes ‘5’ argentinos como lo fueron ‘Pipo’ Rossi y Eliseo Mouriño. 

Recuerdo que ‘Pocho’ era el centro half del seleccionado de la Escuela Normal Nacional de Ayacucho y que también era una pieza destacada de la gran Tercera División del Club Independiente de nuestra ciudad. 

La 3ª división del Club Atlético Independiente, una tarde de 1956, en la vieja cancha de la Liga
Parados (izq. a der.): Antonio 'Tono' Pessolano (colaborador), Basualdo, 'Pampa' Quiroga,  'Chilito' Aguiar,  'Carucha' Mastronardi, Roberto 'Pelotita' Igarza, 'Luli' Ancinas y Julio 'Pocho' Masounave
Hincados (izq. a der.): Delfino Fulgencio, Albino 'Cuadrado' Basualdo, 'Rulo' Muñoz, Miguel 'Negro' Márquez, Juan 'Gringo' Scottu y 'Cacho' Corvalán (DT)

Parecía un contrasentido que fuera un ‘fana’ de la Academia de Avellaneda y que al mismo tiempo tuviera su corazón en el cuadro ‘rojo’ local. Pero era así. 

En los inicios del fútbol en Ayacucho existió un Racing Club, pero su vida fue efímera, y cuando nosotros éramos jóvenes ya había dejado de existir, así que Pocho volcó su juego de calidad y su amor futbolístico, a falta de un Racing local, en los ‘rojos’ de Ayacucho. 

La Voz de Ayacucho (jueves 22-05-1924)

Estoy seguro que de no haberse ido a vivir a Buenos Aires luego de terminar su secundario Pocho hubiera llegado a ser el mediocampista central del seleccionado de nuestra ciudad.

Pasaron los años y en 1960 me fui a la Capital Federal para realizar mis estudios en la Universidad de Buenos Aires. Los domingos en que el estudio me lo permitía solía ir al “Cilindro de Avellaneda” para ver la actuación del equipo de mis amores. A veces lo hacía con amigos de la facultad, hinchas también de Racing, y otras veces iba solo. Habíamos salido campeones en 1958 y disfrutamos una muy buena actuación en 1959 logrando el sub campeonato.

Corría el año 1960. Recibo un llamado en la casa de mi abuela donde vivía. Era ‘Pocho’. El de mi pueblo. Fue una gran sorpresa pues ni siquiera sabía que estaba viviendo en Buenos Aires. Me dijo con gran entusiasmo que iba a ir a ver a Racing contra Rosario Central y me preguntó si lo quería acompañar. Había conseguido mi teléfono a través de un amigo común. 

Como era tan fanático de la Academia me invitó a ir a ver los partidos de la Tercera, la Reserva y la Primera. En aquellos años se podían ver los encuentros de las tres divisiones más importantes de los clubes en la misma jornada y todo por el mismo precio. Un ‘programón’, sobre todo si era un día a pleno sol como era ese.

Según me explicó ‘Pocho’ a él le entusiasmaba ver los tres partidos pues en el de Tercera podía evaluar a los jóvenes que pintaban para futuros cracks, y en el de Reserva a aquellos jugadores de nivel de primera pero que por alguna circunstancia del momento estaban en la Segunda División pero con posibilidades de volver a jugar en el primer equipo. El broche de oro era el partido de la Primera. Ese año Racing tenía un gran cuadro y contaba con posibilidades de salir campeón nuevamente. La invitación me resultó muy atractiva y me prendí con entusiasmo en la misma.

De mi casa a la cancha de Racing había un tirón muy grande. Para llegar debía ir en tranvía de Liniers a Primera Junta, de allí en subterráneo hasta la estación Avenida de Mayo, en donde debía hacer combinación con la línea que me llevaba a la Estación Constitución. Una vez llegado a aquel lugar la cosa era fácil. Solo debía tomar el tren del Ferrocarril Roca que paraba en la Estación Avellaneda y caminar unas cuantas cuadras hasta el estadio de La Academia. 

Este último tramo era festivo pues se hacía rodeado de todos los fanáticos vestidos de celeste y blanco que convergían en la cancha de Racing. El viaje me debería tomar unas dos horas de ida y otro tanto de vuelta. Calculo que por el medio de esa travesía me debo haber encontrado con ‘Pocho’. Probablemente el punto de encuentro haya sido debajo del reloj que colgaba en el medio del hall central de la Estación Constitución, frente al gran panel que informaba sobre el movimiento de los trenes.

Ese era el recorrido que debía hacer cada vez que iba al “Cilindro” a ver a Racing. La ida era fácil, pues la mente estaba absorbida por el entusiasmo que suele llevar al hincha a la cancha. Si triunfábamos el regreso casi ni se sentía. Volvíamos felices. Pero si perdíamos la vuelta se hacía ‘de plomo’. Larguísima y encima cansados y amargados. 

Esta experiencia hizo que me preguntara ya de grande como hacían para volver a la cancha todas las semanas aquellos hinchas que seguían a nuestro equipo en los largos períodos de ‘malaria’ que sufrimos durante años. Yo me salvé de ese suplicio porque reduje mi asistencia a las canchas de fútbol a un mínimo. En parte porque tenía que estudiar en los fines de semana, y en parte porque mi cerebro le ganó la partida a mi corazón.

Ese amargo regreso de los simpatizantes a sus hogares luego de tantas derrotas debe haber sido durísimo. Supongo que fue la alegría de ver nuevamente entrar a nuestro equipo al campo de juego y la esperanza de finalmente ganar y volver a ser campeones lo que hizo que nuestros fieles hinchas siguieran haciendo ese largo y sufrido recorrido todos los domingos desde sus casas hasta el estadio en que jugara nuestro equipo, para regresar a sus hogares la mayoría de las veces cargando sobre sus hombros otra pálida actuación. 

La cuestión es que ese día llegamos sin inconvenientes al “Cilindro de Avellaneda”. Durante los partidos preliminares ‘Pocho’ me fue señalando los jugadores de Racing que según él tenían gran potencial y aquellos que ya estaban para jugar en la Primera División. En el momento que tocó el turno del partido de Primera nuestro entusiasmo llegó a su cenit cuando nuestra formación entró a la cancha. 

Allí estaban los grandes jugadores que reconocíamos fácilmente. El ‘Loco’ Corbatta, José ‘Tito’ Pizzuti ya veterano, que luego fuera el gran DT del “Equipo de José”, Campeón Argentino 1966, Sudamericano e Intercontinental 1967. El ‘Marqués’ Rubén Sosa y su compadre por el lado izquierdo del ataque, la ‘Bruja’ Belén, y nuestro gran goleador el ‘Ropero’ Pedro Mansilla entre otros grandes jugadores.

De Rosario Central sabíamos que era un equipo difícil de enfrentar. Que tenía muy buenos jugadores pero que solía aflojarse un poco cuando jugaba de visitante en Buenos Aires. Y también nos enteramos allí que a Rosario le llamaban, al igual que a Racing, “La Academia”. Había pues dos “Academias”, una de Avellaneda y otra de Rosario. Esta coincidencia hacía que las hinchadas de ambos equipos se consideraran ‘hermanas’ y ello motivó una ceremonia inicial en festejo de dicha confraternidad. Los equipos formaron en la mitad de la cancha y se produjo una suelta de palomas blancas, símbolo de la amistad entre ambas instituciones.

Nada hacía prever lo que pocos minutos después acontecería en el campo de juego. Comenzó el partido y a los seis minutos Racing ganaba 1 a 0, con gol del ‘Marqués’ Sosa. A los veinte minutos Pizzuti aumentó la cuenta a 2 y un minuto después el ‘Ropero’ Mansilla convertía el 3 a 0. Era un baile de aquellos. Los de Rosario Central no sabían que hacer. 

Nosotros, como toda la hinchada de Racing, delirábamos. Los de la popular nos deleitábamos gritando “ole”, “ole”, ante cada floreo de nuestros jugadores. Un minuto después, inesperadamente, Juan Lombardi descontó para Central. 3 a 1. Pero a los veintisiete minutos el ‘Loco’ Corbatta clavó el cuarto gol académico. Baile total. Era para parar el partido ahí nomás y volvernos a casa. Pocho estaba como loco y no se cansaba de gritar “Acadee”, “Acadee”. 

Para nuestra sorpresa Antonio Rodríguez, de Central, puso el 4 a 2 tres minutos después, y a los treinta y siete minutos, el mismo jugador colocó el 4 a 3. Nos comenzaron a temblar las piernas. Nuestros cantos se silenciaron. Los hinchas de Central resucitaron. Veíamos que el ataque de Racing era contundente, pero nuestra defensa hacía agua por todos lados. 

A pocos segundos de terminar ese primer tiempo infartante, nuevamente Antonio Rodríguez tiró un cañonazo hacia la valla de Racing y la pelota se estrelló en el ángulo derecho de nuestro arco, justo entre el palo y el travesaño. Por milagro no nos fuimos al descanso cuatro a cuatro. La cosa pintaba fea para el segundo tiempo. Central venía remontando la cuesta con todo y la Academia, la nuestra, parecía derretirse. Si la cosa seguía como en los últimos quince minutos del primer tiempo íbamos a perder.

En el entretiempo 'Pocho' me explicó que de ninguna manera podíamos perder ese partido. Que seguro en el vestuario el Director Técnico estaría ajustando los detalles del juego de nuestro equipo, sobre todo los de la defensa, para volver al baile de la primera parte del partido. Creo que lo decía más para convencerse él que la levantada de Central que habíamos presenciado no había sido real o, si la había sido, que no podía continuar, que para persuadirme a mí que la cosa estaba como aseguraba, ‘totalmente controlada’. 

Como en mí la razón y la emoción van de la mano, aún en el tema fútbol, los argumentos que esgrimía ‘Pocho’ no me terminaban de convencer. Mi mente solo veía los tres goles sucesivos de Rosario y el cañonazo en el palo del último segundo del primer tiempo. Yo olfateaba el fantasma de la derrota flotando sobre el “Cilindro”.

Arrancó el segundo tiempo y de entrada, para nuestra alegría y tranquilidad, nuestro 9 goleador, el ‘Ropero’ Mansilla convirtió el quinto gol. 5 a 3. Respiramos, pero sin poder sacarnos esa sensación fea que nos había dejado la fulminante reacción de Rosario Central al final del primer tiempo. ¿Y si la repetían? ¿Y si nuestra defensa se volvía un flan nuevamente? Pocos minutos después, a los once del segundo tiempo el ‘Loco’ Corbatta clavó el sexto gol académico. Delirio total. 

El 6 a 3 comenzaba a parecernos incambiable. Por lo menos eso era lo que mi amigo me explicaba con euforia. Tres minutos después nuevamente Mansilla convirtió un nuevo gol para nuestro equipo. Sensacional. Nunca visto. 7 a 3. Ahí si empecé a creer todos los elogios desmedidos que ‘Pocho’ hacía sobre nuestros jugadores. Pero el baile siguió. El ‘Tito’ Pizzuti metió otro golazo a los dieciséis minutos de la parte final. El segundo de su cosecha. Estábamos 8 a 3 y la cosa no tenía miras de parar. El estadio deliraba y ‘Pocho’ había entrado en un trance racinguista. Pero nos faltaba algo. 

Nuestro gran número ‘10’, el ‘Marqués’ Sosa solo había convertido un gol y queríamos más. Y nos dio el gran gusto fabricando dos golazos, a los veinte y veinticinco minutos, poniendo el resultado 10 a 3. Nadie de los presentes podía creer lo que estábamos viendo. 

Los muchachos de Rosario ansiaban que el partido terminara cuanto antes. Se estaban comiendo la “goleada del siglo” sin poder hacer nada para evitarlo. Habían arriado sus banderas. Dudaban que ante esas circunstancias la ‘hermandad’ entre las hinchadas de ambas “Academias” pudiera perdurar. Yo también dudaba. 

Minutos después, ya cerca del final del partido, a los cuarenta y dos minutos del segundo tiempo el ‘Loco’ Corbatta se mandó una de las genialidades a las que nos tenía acostumbrado y metió un golazo de taquito, broche de oro para la súper goleada. 11 a 3. La hinchada de Rosario que estaba ‘muy molesta’, por decirlo de una manera educada, por la goleada que se estaban comiendo, estalló cuando vio el gol del ‘Loco’ de taquito. Eso ya era el colmo. Sonaba a burla brutal. Seguramente se preguntaban si el 10 a 3 no era suficiente. Si había sido necesario terminar de humillarlos con un gol de taquito. 

Ahí la ‘hermandad’ pareció quedar de lado y predominaron los insultos cruzados. Pero ‘Pocho’ sin entender bien la reacción de la hinchada rival me decía: "¿pero por qué estos tipos creen que al ‘Loco’ Corbatta le dicen ‘el loco’?".

Ese fue el resultado final: 11 a 3. ‘Pocho’ estaba al borde del colapso. Gritaba como poseído por su querida Academia, y yo, le seguía el ritmo, aunque unos cuantos decibeles más bajo.

La ficha de aquel partido

Increíblemente y como adhiriéndose a nuestra gran alegría una de las palomas blancas que habían soltado antes del partido como símbolo de amistad entre las hinchadas de ambas “Academias” y que seguramente había permanecido revoloteando dentro del “Cilindro” como testigo mudo de lo ocurrido, voló hacia nosotros que estábamos en la popular de Racing y se posó en un para avalanchas en frente nuestro. Cuando ‘Pocho’ la quiso acariciar para compartir su felicidad la paloma voló hacia el cielo celeste y blanco.

Visto a la distancia, debido a los muchos años que he vivido y a los largos períodos de ostracismo que sufrió La Academia me parece entender que la hermosa paloma no solo se alegraba por el aplastante triunfo de Racing, como me dijo ‘Pocho’, sino que nos estaba trayendo un mensaje de mesura que decía algo así como… “Queridos hinchas académicos. Espero que disfruten de este inusual triunfo pero que recuerden que esto es fútbol. Que no siempre se gana. Que también se pierde, y a veces, como en este caso le tocó a Rosario Central, se pierde feo. Enfrente tienen a una hinchada amiga. No la humillen más que ya con el resultado tienen suficiente por un buen tiempo”.

‘Pocho’ en su euforia pareció no recibir el mensaje. La hinchada tampoco. Yo, a pesar de mi juventud, lo intuí. 

Habíamos presenciado la mayor goleada de la historia del fútbol profesional de Argentina; 11 a 3. Catorce goles en un partido y el ganador había sido el Racing Club. Aunque la hinchada y ‘Pocho’ en particular no lo registraban, yo sabía que no podríamos pedir mucho más por un buen tiempo. Ellos pensaban, como lo suelen hacer todos los hinchas en los momentos de éxito de sus equipos que “lo bueno dura para siempre”. Olvidaban aquel dicho infalible que afirma que “nada es eterno en esta vida”.

Del regreso a mi casa ese día no tengo memoria. Debo haber vuelto flotando en una nube. ‘Pocho’ me confirmó que ser hincha de Racing era lo más grande que le había pasado en la vida. Y recordando su rostro pleno de felicidad creo que tenía razón. 

Hay pocas cosas que se pueden comparar al éxtasis que produce un triunfo aplastante como el que habíamos vivido. Lo que sí me quedó grabado fue la fecha de aquel inolvidable partido. Fue el domingo 2 de Octubre de 1960.   

Tengo idea de haber vuelto con ‘Pocho’ al “Cilindro” en un par de oportunidades más, pero la magia de aquel 11 a 3 se había esfumado. Nuestro cuadro en vez de parecer formado por extraterrestres como en aquel día, volvió a ser un muy buen equipo, pero terrenal y que no logró coronarse campeón ese año.

Luego cada uno de nosotros siguió su camino en la vida. No nos volvimos a ver pero a través de amigos comunes de Ayacucho sabía que él seguía siendo tan fana de la Academia como siempre. 

Años después tuvimos al inolvidable “Equipo de José”, de José Pizzuti, el mismo que habíamos visto jugar en aquel recordado partido, pero esta vez como Director Técnico del gran cuadro que nos llevó al Campeonato Argentino, y a los triunfos en la Copa Sudamericana y la Copa Intercontinental. Y luego se nos vino la noche de muchísimos años de no lograr un título. En algunas oportunidades estuvimos cerca, pero no lo conseguimos. Tuvimos que esperar hasta el 2001, treinta y cinco años, para volver a gritar “campeones” con el equipo de Mostaza Merlo. 

En los pocos momentos de alegría y en los muchos oscuros, incluyendo nuestro paso por la ‘B’, y la quiebra de la institución, siempre venía a mi memoria la imagen de ‘Pocho’, alentando a su amada “Academia”. Resonaba en mi mente aquel “Acadee”, “Acadee” que le oí gritar en aquel memorable domingo de Octubre de 1960.

Cuando en 2014 el Racing de Diego Cocca y Milito comenzó a mostrar las uñas luego de un inicio pobre en el campeonato apertura, volví a acordarme de ‘Pocho’. Y como ahora existe Facebook entré en esa página de Internet para ver si por casualidad mi amigo estaba allí. Y para mi sorpresa, ahí lo encontré. Lo más llamativo era la frase que presidía su página de Facebook. Decía: “Estudié y me gradué en la mejor Academia, el Racing Club de Avellaneda”. Era el ‘Pocho’ de siempre. Aún de viejo seguía con su estandarte académico al frente.

Le escribí unas palabras recordándole aquel partido inolvidable que habíamos vivido juntos cincuenta y cuatro años antes. Me contestó feliz. No solo recordaba el partido sino que me recitó la formación de nuestro equipo en ese día. 

Cuando Racing comenzó a crecer en la tabla de posiciones, pero todavía lejos de la punta, me acordaba de ‘Pocho’. Pensaba, “debe estar contento, lleno de esperanza”. “Por ahí se nos vuelve a dar”.

Como no tuve más noticias de él entré nuevamente en su página de Facebook para ver que era de su vida. Había un mensaje suyo que decía: “Amigos, les pido disculpas por no haberles escrito durante un tiempo pues sufrí un ataque al corazón, pero por suerte ahora estoy bien”. Creo que le mandé una nota alentando su pronto restablecimiento recordándole que nuestro querido equipo se estaba trepando en lo alto de la tabla y que seguramente lo necesitaría a él sano, alentándolo en El Cilindro.

Poco después, cuando Racing ya había alcanzado la punta de la tabla y pintaba para campeón, una tarde estaba en el jardín de mi casa y me llamó la atención la presencia de una paloma blanca. A mi hogar suelen venir palomas, pero de las grises. Nunca blancas. Pero esa era blanca. Cuando me acerqué y la quise tomar con mi mano levantó vuelo hacia el cielo blanco y celeste. 

Me hizo acordar inmediatamente de ‘Pocho’, de aquella paloma y de ese triunfo increíble que habíamos vivido juntos. Fui a mi computadora y entré en la página de Facebook de mi amigo lejano. Allí encontré un mensaje de su mujer ‘Pochi’, también amiga mía de la infancia en Ayacucho. El texto decía. “Queridos amigos. Lamento informarles que en el día de hoy nuestro querido ‘Pocho’ nos ha dejado para siempre”

Me quedé frio. 

‘Pocho’ estaba jugando ‘la final’ más importante de su vida. Su corazón había empatado heroicamente el ‘partido de ida’. En el ‘de vuelta’, el definitivo, no pudo atajar el penal en contra que le patearon sobre la hora y que selló su derrota. 

Creo que por medio de la paloma blanca Pocho vino a decirme adiós y a recordarme que debía tomar su bandera racinguista para pasarla luego a las nuevas generaciones. O tal vez a mí me parece eso y solo haya sido una simple casualidad. 

Cuando la hinchada de Racing festejaba felizmente la obtención de un nuevo título Argentino a mí me dolía el alma pensando en que ‘Pocho’ no lo llegó a ver. Le faltaron tan solo unos pocos días. 

Me gustaría creer que presenció la consagración de su amada “Academia” desde el cielo junto a nuestra amiga, aquella paloma blanca que nos visitara en la popular del Cilindro de Avellaneda el día de aquel triunfo increíble, la que seguramente ya debe tener dos bastones celestes sobre su pecho blanco.

  Carlos Connolly
 Don Torcuato
Junio de 2015  

NOTA DEL AUTOR: 'Pocho' se llamaba Julio Masounave y era un producto genuino de aquel hermoso Ayacucho de las décadas del '40 y '50. 
Era hincha fanático de Racing, pero nunca le escuché una palabra de odio o de agresión hacia los hinchas de las otras divisas. Amaba a su club, pero veía a los otros cuadros como partícipes necesarios para el disfrute de tan hermoso deporte.
Nunca como enemigos. 

Su vida podía estar embellecida por el Racing Club de Avellaneda, pero también su corazón podía amar al mismo tiempo a Independiente de Ayacucho.

domingo, 7 de junio de 2015

El 'Negro' Sau (Cuento)

Llegué a vivir a la ciudad de Ayacucho en 1945 siendo un niño de apenas tres años. Mi papá había sido trasladado a esa ciudad como Gerente de la Usina Eléctrica del pueblo. Era una localidad de unos dieciséis mil habitantes y tenía en ese entonces un gran desarrollo institucional. 

Se destacaba por su actividad agrícola, ganadera y comercial. Pero sobresalían de manera notable sus clubes sociales y deportivos. Los mismos tenían hermosas sedes y se practicaba toda clase de deportes en sus instalaciones, pero era el fútbol el deporte que mayoritariamente atraía a la muchachada, tanto para practicarlo como para verlo. 

Los pibes jugábamos a todo y nos gustaba ir los domingos a la cancha de la Liga Ayacuchense de Fútbol para presenciar los partidos de primera del torneo local.
 
En la medida que fuimos creciendo con mis amigos comenzamos a jugar en las divisiones inferiores de los equipos de la ciudad. Algunos llegaron a la Primera División de los mejores equipos y pocos, los que sobresalían, alcanzaron a integrar el plantel de la Selección de Ayacucho que por esos años era altamente competitiva en el ámbito de la Provincia de Buenos Aires.
Yo partí de la ciudad rumbo a Mar del Plata para completar mis estudios secundarios a fines de 1957. Estaba por cumplir quince años y había llegado a jugar algunos partidos en la tercera división del Club Independiente que en esa época transitaba por su “Quinquenio de Oro”. 

Entre 1955 y 1959 Independiente había ganado consecutivamente los torneos de la liga local. Ganaba todo. Sus jugadores más destacados eran muchachos con unos cuantos años de fútbol sobre sus hombros. Los hermanos Pérez Ervitti, “Pocho” y “Oreja”, daban sustento a la estructura del primer equipo de Independiente y a la selección local. También se destacaban los veteranos de mil partidos “Pelusa” Cestona y “Chichín” Simonetti. Los muchachos jugaban de memoria.

Plantel del Club Atlético Independiente Campeón 1955/1959
Parados (izq. a der.): 'Cartucho' Labala, Melillo, Ramón 'Chichín' Simonetti, Héctor 'Negro' Sau, 'María' Tiani, Raúl 'Pelusa' Cestona, Enrique González, Roberto 'Pelotita' Igarza y 'Tero' Cabarrou.
Hincados (izq. a der.): Alberto 'Paisano' Gadea, Néstor 'Pocho' Pérez, José 'Negro' Carranza, Néstor 'Mago' Ceresini, Alfredo 'Oreja' Pérez, 'Pocho' Gadea, Felipe 'Pipo' Cestona y René 'Tarta' Lara.

Yo no había sobresalido en la tercera pero un par de jóvenes amigos si pintaban para llegar a primera. Por un lado estaba Luli Ansinas, muy amigo de la Escuela Normal y gran jugador que llegó a integrar el equipo campeón. También estaba comenzando a jugar en Primera “Pelotita” Igarza, notable arquero del Seleccionado de la Escuela Normal y. según los conocedores, con grandes condiciones para llegar muy lejos en su puesto.
Luli desde chico fue convocado para jugar algunos partidos en primera y nos habló a los amigos del “Negro” Sau, otro joven que estaba jugando ya como wing derecho en la primera de Independiente. El “Negro” tenía cuatro o cinco años más que nosotros. Debería andar por los diecisiete o dieciocho. Pero no lo conocíamos.

La razón más probable por la que no lo conociéramos era que por un lado el “Negro” era mayor que nosotros, y por el otro, que mientras nosotros íbamos a la secundaria, estudiábamos algo y vagueábamos bastante, el “Negro” Sau laburaba todo el día en la empresa de transportes Larocca. Metía el lomo cargando y descargando camiones, hecho que sumado a su natural fortaleza física, hacía que fuera de acero.
Un día Luli nos presentó a “Sau”. Nos caímos bien inmediatamente. Era un muchacho muy agradable, lindo “Negro”, y con quien tuvimos una inmediata empatía. También practicaba boxeo. Para probar su fortaleza nos pedía que le pegáramos trompadas en su estómago, cosa que hacíamos con toda nuestra fuerza y ni mosqueaba.
Luli insistía que debíamos ir a la Liga a ver jugar al “Negro” en la Primera de Independiente. Nos decía que era un fenómeno. Que era un wing increíble. Dominaba ambas piernas por igual con lo que cuando encaraba al marcador se le podía ir por adentro o por afuera con similar naturalidad. Si bien era petiso era muy rápido. 

Una vez que tomaba velocidad no lo paraba nadie, y su especialidad era tirar centros a la carrera con una comba increíble, desde la línea de fondo de la cancha hacia el punto del penal, y con una parábola engañosa, pronunciada, de arriba hacia abajo que hacía que los defensores se encontraran con una pelota que parecía ir larga pero que caía de golpe servida en el medio del área para que un compañero cabeceara al gol. Con el tiempo le ví tirar esos centros endiablados varias veces y a sus compañeros convertir goles de cabeza con gran facilidad.
También hacía una diagonal electrizante hacia el arco, y realizaba una jugada inédita que solo le vi ejecutar años después al gran Garrincha. Hace poco tiempo Lio Messi hizo algo parecido cuando dejó planchado a Jérôme Boateng, defensor del Bayern Múnich en la semifinal de la Champions League 2015 en la que Barcelona derrotara a los del alemanes 3 a 0, baile mediante. 
La jugada que hacía el “Negro” era algo así como una “vacilación”. Consistía en lanzarse a máxima velocidad en diagonal hacia el arco contrario. Instantes después parecía detenerse, vacilaba un instante mínimo, una fracción de segundo, casi sin tocar la pelota, detenido frente a su defensor aparentando renovar el juego con otra jugada, para partir como un rayo nuevamente hacia el arco y convertir el gol o dejar a un compañero solo para que lo hiciera. Se anticipaba a los cracks que luego hicieron magia en las canchas del mundo. Solo los grandes crearon cosas por el estilo. Pelé, Maradona, Messi y sobre todo Garrincha, que jugaba en la misma posición que nuestro amigo y lo hacía a un nivel superlativo, casi mágico. Yo había escuchado comentarios de los mayores que sabían de fútbol decir: “El ‘Negro’ Sau está para grandes cosas. A este pibe se lo van a llevar a jugar a Buenos Aires y hasta el Seleccionado no para”
La cosa es que me fui a vivir a Mar del Plata y perdí durante muchos años el contacto con mis amigos ayacuchenses. Supe poco de mis compañeros y prácticamente nada del futbol del pueblo durante más de cincuenta años, hasta que mi gran amigo de la infancia, el Doctor Aníbal Iriarte me recomendó que leyera los artículos de un blog de fútbol de Ayacucho. Fue así que me familiaricé con ese hermoso blog que lideraba y lidera Eduardo Montanari, un muchacho amante del fútbol de nuestra ciudad y de unos cincuenta años. Veinte menos que yo.
Un día Eduardo me pasa un artículo sobre aquel gran equipo de Independiente pentacampeón del quinquenio 1955-1959 de la liga local. En la foto estaban todos los grandes jugadores que yo recordaba de ese equipo, pero no estaba el “Negro” Sau. Fue así que le pregunté a Eduardo si tenía una foto del equipo en la que estuviera el gran wing de Independiente.
Eduardo, que posee el archivo más completo de información y fotos sobre el fútbol de la ciudad me dice: “tengo otras fotos del Independiente de esos años pero no aparece nadie con el apellido Sau en ese equipo”.

Me quedé confundido. Han pasado muchos años y mi memoria ya no es la que era. Dicen que la vejez no viene sola. A veces me pasa que confundo algunos nombres, o algunas circunstancias. Además han pasado sesenta años de los acontecimientos que relato. Pero no me ha pasado de creer recordar personas que no han existido o hechos que no sucedieron. Tal vez si en sueños, pero nunca en estado de vigilia. 

Me comencé a preocupar. Le pedí a Montanari que siguiera revisando sus archivos. Quería desesperadamente que me confirmara que yo no había soñado la existencia del “Negro” Sau, aquel joven wing del Independiente pentacampeón, promesa del fútbol de Ayacucho.
Por mi parte hablé con algunas “veteranos” que seguramente lo habían conocido, pero salvo uno que me dijo que se acordaba de él pero que no sabía que había sido de su vida, los otros parecían no recordar que nuestro amigo había existido y jugado en la primera de Independiente. Se acordaban de un wing derecho muy joven, morocho, medio petiso, que hacía cosas fantásticas por la raya derecha, pero no rememoraban su nombre.
Me comuniqué por correspondencia con las autoridades deportivas del Club Independiente con igual resultado negativo. No tenían registro de que el “Negro” Sau hubiera jugado en la primera de su club, aunque reconocían que sus archivos no eran muy completos y que la mayoría de los viejos socios y jugadores que podrían recordarlo ya habían partido de este mundo.
Pensé que tal vez el histórico diario de la ciudad, “La Verdad" de Ayacucho, tendría algo en sus registros. Entré en contacto con ellos pero su respuesta tampoco fue muy alentadora. “Nuestros archivos son físicos, dijeron, -están en papel-, y nos es casi imposible buscar nuestras ediciones de hace sesenta años atrás. Probablemente ya no existan”.

Habían pasado varias semanas y mi preocupación sobre mi memoria crecía de manera inversamente proporcional a mi esperanza de confirmar que el “Negro” Sau había existido y que había sido un gran wing derecho que integrara la fantástica formación del Independiente de Ayacucho pentacampeón 1955-1959. 
Había dejado de insistirle a Montanari sobre el asunto ya que él había sido bastante terminante en su último mail sobre el particular. Tampoco quería que debido a mi insistencia de verificar la existencia de un jugador que tal vez no había existido Eduardo pensara que esa era una clara señal que yo estaba sufriendo síntomas de la enfermedad de Alzheimer.  

En su último mail Montanari había afirmado: “Repito: no hay registros que el tal 'Negro' Sau haya existido y jugado en la Primera División de Independiente de Ayacucho en esos años que mencionas. Tengo otras fotos de Independiente de ese Quinquenio y en ninguna aparece alguien de apellido Sau”.
La cosa había llegado a un final. No quería seguir indagando sobre la existencia de alguien que para mí había sido real pero que se parecía cada vez más a un fantasma. Pero a diferencia de lo que yo pensaba la cosa no había terminado para Montanari. Evidentemente su orgullo profesional y su creencia que algo de verdad debería haber en mi insistente pedido, lo llevaron a seguir silenciosamente con su investigación.
Para mi sorpresa unas semanas después recibo un mail de él que decía textualmente: “Acá lo encontré” y me adjuntaba una foto de aquel Independiente Campeón en donde el “Negro” Sau estaba en la formación, pero no es su posición de wing derecho, sino que estaba en la fila de “parados”. Su búsqueda había producido frutos. Allí estaba nuestro amigo vivito y coleando, lo que me confirmó que mi memoria en vez de estar deteriorándose había traído al presente intactos acontecimientos que habían sucedido hacía sesenta años atrás.
Finalmente Eduardo me dijo: “Averigüé que Sau vive, que es un hombre de unos setenta y ocho años, de baja estatura, y que en sus años de trabajo fue transportista. Creo saber dónde vive. Evidentemente el ‘Negro’ Sau existió y jugó en aquel recordado Independiente pentacampeón. Tenías razón.
Lo voy a buscar y proponerle que nos encontremos los tres para tomar un café y para que nos cuente algunas anécdotas de aquel gran equipo que integró. Yo pago”.
Tiempo después viajé a Ayacucho y me encontré con Eduardo en la tradicional confitería “El Buen Gusto”. Al verme me dijo: “el “Negro” debe estar por llegar. Quedamos en encontrarnos aquí a las once". De golpe veo avanzar desde la puerta principal a un hombre mayor, bastante pelado, retacón, de tez morena, con unos cuantos asados de más en su cuerpo, que miraba en todas direcciones como buscando a alguien. 

Me costó reconocerlo de entrada, pero cuando lo vi caminar y detenerse por un instante para dejar pasar a un parroquiano, para luego retomar inmediatamente su marcha hacia la mesa en donde estábamos nosotros, volví a ver esa gran jugada que hacía el “Negro”, esa” vacilación” que dejaba sembrados a sus marcadores y que regularmente terminaba con la pelota dentro del arco rival. 
Cuando estuvo a nuestro lado me dijo extendiéndome la mano “Yo soy el “Negro” Sau ¿Todavía te acordás de mi?”

Carlos Connolly
 Don Torcuato  
Mayo de 2015  


NOTA: Los personajes y las circunstancias de este cuento son verídicos. Tal vez las habilidades futbolísticas del “Negro” hayan sido exageradas y embellecidas por mí por el recuerdo de aquella amistad temprana y por la nostalgia que genera el paso del tiempo. Puede ser que haya caído en la trampa que dice que “todo tiempo pasado fue mejor”. Afortunadamente el “Negro” Sau vivió y vive felizmente con su familia en Ayacucho. Mi amigo, el doctor Aníbal Iriarte me había contado que el “Negro” estaba bien y que él había atendido a sus hijas cuando estas eran niñas y también al “Negro” en algunas oportunidades.
El relato sobre el intercambio de mails con Eduardo Montanari buscando a Sau responde en gran medida a lo ocurrido.
El manejo de ciertos momentos y circunstancias las adapté para favorecer la intensidad del relato.
El encuentro con el “Negro” Sau y Eduardo Montanari en la confitería “El Buen Gusto” de Ayacucho no se realizó aún pero tengo la esperanza que lo podamos efectuar pronto.
El autor.

Agradezco a mi amigo Carlos 'Cato' Connolly por sus palabras, siempre tan generosas, por su amistad, y también por la autorización para permitirme publicar este hermoso cuento.
Eduardo